por Valentina Castillo y Fernando Costa
En Chile, ser “más vivo” no es sólo una habilidad, es todo un arte. Desde saltarse la fila hasta aprovechar vacíos legales, todo acto de “viveza” se celebra como un triunfo, mientras se humilla a la honestidad calificándola como “falta de calle”. Pero esto no es algo nuevo, porque la “cultura del más vivo” tiene historia y arraigo en nuestra sociedad.
Con actos tan cotidianos como cruzar la calle lejos de un paso de cebra, saltarse la fila en el supermercado o no pagar el pasaje en la micro, instancias donde nadie dice nada, porque no les importa, nos va quedando claro desde pequeños una premisa fundamental: Las reglas son para los demás, el que las sigue pierde tiempo, quien las esquiva, gana ventaja. Así, configuramos nuestro chip güiña, a través de la observación y el aprendizaje.
Luego de la observación vienen las excusas, formas de validar nuestras trampas, justificaciones o explicaciones que dotan de inocencia al acto güiña en cuestión. La evasión de impuestos es una “reducción de gastos”, los aportes irregulares en campañas políticas son “errores administrativos” y así.
Y es que a la gente le gustan las historias, la narrativa lo es todo. Entonces, si puedes disfrazar tu maniobra con palabras bonitas, el escándalo pierde fuerza, el público se distrae y comienza el ciclo de la mala memoria colectiva.
Así, estas prácticas se hacen rutinas, como los casos esporádicos de Carabineros, y van siendo cada vez más habituales, desde el que usa una cuenta de Netflix prestada, pasando por el vecino que se cuelga de la luz, funcionarios que inflan viáticos, empresas que falsean contratos: la repetición convierte lo inaceptable en cotidiano.
También hay güiñas que le ponen estilo a su viveza, con acciones memorables como Camila Polizzi, formalizada en el Caso Convenios, quien usó un permiso judicial para trabajar de bailarina haciendo eventos nocturnos. No es el trabajo en sí: es la postal. Una persona investigada por fraude moviéndose con libertad mientras todos los demás observan entre indignación y risa.
El arte está en que tu maniobra se note lo suficiente para impresionar, pero no tanto como para que te recuerden negativamente. El equilibrio es clave.
Finalmente, la picardía es un sistema donde los güiñas somos los engranajes que lo hacen funcionar. Nos instalamos en empresas, ministerios, juntas de vecinos, etc, normalizando estas conductas para hacer que la sociedad se resigne y deje de asombrarse.
Aquí está la paradoja final del Buen Güiña: cuanto más visible es la trampa, menos consecuencias hay. Y así, la cultura del “más vivo” sigue viva, enseñando que la astucia vale más que la honestidad.